Leyendas de Zacatlán que hemos extractado directamente de los trabajos llevados a cabo por el esfuerzo del Historiador Zacateco Sergio Ariel Casique Salvatierra, Bibliotecario de la Biblioteca Luis Cabrera de la Hermosa Ciudad de Zacatlán de las Manzanas, Puebla, República Mexicana.

Con el permiso del mencionado Sr. Sergio Ariel, colocaremos en esta página dedicada casi íntegra a Zacatlán de las Manzanas, las Leyendas de las cuales tenemos los relatos originales en la Compilación que poseemos y respetando la grafía las iremos colocando una por una para deleite y conocimiento de los amables visitantes, escolares, estudiosos e interesados en conocer un poco más de nuestra región.

"Pequeña Advertencia"

No habiamos querido integrar estas leyendas a nuestra página, porque veiamos que otra página web las tenía publicadas y no es nuestra idea entrar en polémica con nadie, pero después de solicitar la autorización y obtenerla de parte del Sr. Sergio Ariel, estamos en condición de hacerlo y que nuestro público disfrute estos relatos tan hermosos y llenos de emoción.

Atentamente.
El Webmaster
Los Manzanautas.

"Época Prehispánica"

"EL PERRO"

La pétrea figura del perro ha estado desde el principio, listo para volverse sobre quien se atreva a agitar su sueño de siglos. El perro permanece ahí, pero nadie le ha visto aún.

Cuántas veces hemos pasado en carro o tan sólo cuando vamos caminando al ir a un día de campo y no somos capaces de reconocer las raíces de la historia de nuestra tierra, donde hay bellas historias fantásticas y leyendas de ensueño, y que a pesar de estar a nuestra vista siempre, se encuentran ocultas a los ojos de nuestro corazón.

Efectivamente, la cascada de San Pedro ofrece vistas maravillosas al ojo del espectador, y toda la holla donde se encuentra, derrama mil misterios por doquier. basta tan sólo tener el corazón abierto para poder descubrirlos, para tener la maravillosa sensación de palparlos y tocar con los dedos sutiles del espíritu las raíces de nuestra historia que nos han legado los siglos.

La cascada que conocemos como "San Pedro", ofrece a quien se dedique a investigar acuciosamente, historias sin fin, extrañas y maravillosas que nos hacen deleitar con sus paisajes, remontándonos a un pasado de magia lleno de misterio, de principios y mitos.

Uno se pregunta al observar detenidamente aquella mole, si fue la naturaleza quien la esculpió a la mano de algún remoto hombre que levantó la figura de un perro como memoria de un hecho grandioso.

Porque las historias corren derramando su cantar y hay quien se dedique a recoger esa poesía del recuerdo y en la que se cuenta que los itzcuintlis eran mudos y salvajes pero estimados, venerados y sublimados.

En un cierto día de cierta ocasión, los perros, que eran mudos y salvajes bajaron de la alta sierra y se acercaron al hombre, y éste los recibió en el seno de su hogar para el devenir de los tiempos.

De entre todos los perros que llegaron, hubo uno que destacara por su belleza y el vigor de sus músculos, por la ligereza de sus poderosas piernas y por una fuerza desconocida que emanaba de su penetrante mirada.

Aquel extraño y hermoso animal anduvo por el poblado zacateco como buscando a alguien en especial. Así llegó hasta la mirada del cacique que gobernaba a aquella gente y dando nueve vueltas sobre sí, se echó a las puertas de la vivienda por él escogida.

Cuando el cacique salió, casi tropieza con el animal que dormitaba en el suelo. Este levantó su vista hacia el individuo, que lo miraba fascinado ante su estampa maravillosa, y como entendiendo la presencia del perro ahí, lo adoptó como al mejor compañero que los dioses le enviaban. Tomando este hecho como una señal divina, que debiera interpretar como algo que transformaría a su pueblo en sus tradiciones y costumbres.

El perro se convirtió desde entonces en el animal más querido por todos los moradores del pueblo. Se le podía ver siempre andando al lado del cacique por donde quiera que éste iba. A veces echaba a correr con inusitada alegría por aquí y por allá. El hombre lo admiraba y lo contemplaba con absoluto respeto.

El noble can se convirtió, en el antiguo pueblo, en el animal sagrado por excelencia, que vigilaba atento el sueño de su amo. estando siempre listo para el combate cuando este lo requería. Y no fueron pocas las ocasiones que demostró con feroz furia la salvaguarda de su amo, de la vida de quienes confiaban ciegamente en él.

Un día, en una guerra con otro pueblo de las inmediaciones, el cacique fue herido de muerte y traído rápidamente a su morada, donde a pesar de todos los auxilios que se le procuraron, murió poco después. El perro se tornó triste, y su vida se fue apagando poco a poco. Al sentir la hora de su muerte, rogó a los dioses por un deseo, pues de saberse, que antes, los animales podían comunicarse con ellos, su deseo era reposar junto a su dueño para seguir cuidándolo, para seguir siéndole fiel y leal aún después de la muerte, al que quería y respetaba.

Desde entonces, a partir de aquel momento, los perros serían enterrados en las orillas del agua para que se recordara que estando vivos, si pedían de comer, se les diese un plato con sopa, para que al morir sus amos los ayudasen a pasar las aguas del Axaxal en el camino al Temoanchan.

Su oficio fue entonces el de conducir a sus dueños a la región de los muertos, acompañando al cadáver de sus amos en el momento de bajar a la tumba.

Los perros tuvieron relación con la muerte. Aquellos que morían y no habían sido elegidos por el sol o por Tláloc, iban simplemente al Mictlán, en donde las almas padecían una serie de pruebas mágicas, al pasar por los infiernos.

La tradición indígena cuenta conque son nueve los lugares en donde las almas sufren antes de alcanzar los cuatro años de descanso definitivo.

En primer lugar, para llegar al Mictlán las almas tienen que pasar por un caudaloso río, el Chignahuapan, que es la primera prueba a que los sometían los dioses infernales. En segundo lugar, el alma tiene que pasar entre dos montañas que se juntan. En tercer lugar, por una montaña de obsidianas, en cuarto lugar, por donde sopla un viento helado, como si llevara navajas de obsidiana. En quinto lugar, por donde flotan las banderas, en el séptimo están las fieras que comen los corazones, en el octavo infierno, entre estrechos lugares que están entre piedras, y en el noveno y último cielo está el Chignahuamictlán, en donde descansan o desaparecen las almas de los difuntos.

Los dolientes mataban un perro atándole al cuello un hilillo y lo enterraban junto al cadáver de su amo para que lo ayudase a pasar el caudaloso río Chignahuapan.

Los dioses, o tal vez los hombres esculpieron en la roca, la figura gigantesca de un perro que vigila atento el paso de las almas de los muertos por el río Axaxalpan, y se le puede ver desde cualquier ángulo que se escoja, al colosal monolito, donde se yergue, y que quedó como memoria hasta que el fin de los siglos lo borre.

Esta escultura se encuentra en el lugar conocido como "el balcón" del diablo". El perro permanece echado, esperando aún transportar un alma de los que mueren y que los acompañará desde el río Chignahuapan hasta los nueve cielos.


"LEYENDA DE LA NEBLINA"

Cuentan las viejas crónicas que hace ya mucho tiempo, antes de la llegada de los españoles a lo que era la antigua provincia de Zacatlán, vivía en ésta región una hermosa mujer de grandes y hermosos ojos soñadores, llenos de un tierno mirar que hacían que se estremecieran de emoción incontenida las fibras más íntimas del corazón de cualquiera de los fuertes mancebos que la veían.

Al mirarse estos en sus bellos ojos de mansas tardes grises; tan hondos como la inmensidad del mar océano sentían que se embriagaban de éxtasis, de luz, de vientos, de zafiros, de esmeraldas y de diamantes. Así de hermosos eran sus profundos ojos negros, como la noche misma tachonada de estrellas. Sus cabellos eran negros, negros como lo más profundo de la noche en su vasto de incontenidas luces multicolores. El viento de la tarde al bajar por la arboleda ondulaba su radiante cabellera en dulce y suave agitación. Mientras miraba arrobada el horizonte al obscurecerse, soñaba triste, recordando el sabor mágico de unos labios que ha tiempo que partieran.

Está triste de tanto soñar, camina con los ojos abiertos en la azul esperanza de un regreso venturoso y camina en suelos por amor de la mano que la guía.

Hacía tiempo que el hombre amado había partido a la guerra y no se tenían noticias de ninguna índole de incorporación del bando zacateco a los ejércitos comandados por Netzahualcóyotl para que éste recuperar su reino de Atzcapotzalco y que por consejo de Huitzilihuitzin; su maestro, le dijera que tomara ánimo y valor y que fuese a las partes de donde le llegaría el socorro, como lo eran las provincias de Huejotzingo, Tlaxcallán, Zacatollán y otros que los conocía, por ser hombres valerosos y que no lo desampararían, y si acaso, darían su vida por él.

Y fue así, que el guerrero indómito de la profunda serranía salió con el auxilio de las tropas zacatecas para ayudar a aquel personaje a recuperar su trono. Y en una tarde de profunda melancolía y de luces de arreboles tras las colinas, se despiden los amantes, dedicándose mil paréntesis de amor.

El altivo guerrero y amante decía a su doncella que se iba en alas del viento soñando con ella, con la faz del cielo, en los aires cruzando ligero pensando en volver lo más pronto a su lado. Y con el fuego que siente, le dice mirando a los ojos, con ardiente insistencia; que su amor es encendido, venturoso de néctar, dulzura y de paz, que sólo ella es capaz de darle.

Mientras éstas palabras decía, dejaba la doncella asomar una débil sonrisa llena de tristeza, mientras que sus mejillas se coloraban de nieve y de rosas, y en tanto, en su mirada, había desconsuelo amor y sufrimiento.

Ella no trata de impedirle la dolorosa partida, pues sabe bien, que los hombres valientes sólo tienen cabida en el corazón de su pueblo. Y con voz pura y de plata y de cristal, le dice muy débil, muy pálida y muy asustada, que los dioses le colmen de ventura y del trance salga bien librado. Por un momento, la niña doncella llora sin gemir. A lo lejos se escucha ya el ahuahuetl y el teponachtli y el grito de los guerreros agitando sus armas de obsidiana, los escudos y los estandartes del blasón zacateco, listos para arrancar del pecho el corazón de sus enemigos en el duro trecho del campo de batalla, mientras sigue diciendo dulces frases la doncella hermosa...que los dones de la gloria te sean concedidas y regreses segura y triunfante, para unir nuestras vidas en un sólo ser y proseguir nuestro nombre en el mañana feliz y duradero, yo te esperaré siempre, cuán largo sea el tiempo de mi dicha a la par con la tuya, te esperaré siempre ¡lo juro! en nombre de los dioses que bien saben que va mi vida de por medio.

Los feroces guerreros esperan y una voz inflexible grita "en marcha" .

Qué hermosos brillaban tristes, muy tristes sus grandes ojos negros, apenas si podía sonreír y aquel cabello tan negro y tan largo, que el viento al juguetear, le traveseaba en ondas, mientras agitaba sus manos morenas, diciéndole con este simple gesto al fuerte amante y audaz guerrero ¡hasta pronto!

Ha pasado mucho tiempo y en sus ojos tan negros y siempre bellos, mora la tristeza y la pesadumbre total de un alma tan sola, a la vez que lleva en sus pasos que guía, amor tan lejano, la distancia que espera. Todas las tardes camina por esos senderos de siempre y que juntos andaran tomados de la mano y llega al balcón de sus citas ansiadas, soñando con el amante, soñando en el regreso.

Una mañana de azules clarines y notas amarillas, bajó a la plaza la doncella, había gran tumulto y gran alegría reinaba por doquier. Los teponaxtlis y los ahuahuets tocaban con gran profusión, La doncella tocada por un rayo de esperanza, sabe de inmediato que los esforzados guerreros que ha mucho que partieran ¡han regresado!. Corrió alborozada hasta el grupo aquel, y alzando la cabeza por encima de todos aquellos hombros, buscaba afanosa la sobria figura de su amado de hermosas tardes quietas. Mientras tanto, otras mujeres hacían lo mismo, y en cuanto descubrían la tez morena de su ansiados amores, lanzaban agudos gritos de júbilo y echaban a correr hacia donde estaban los motivos de sus preciosas exclamaciones. Ella, por más que buscaba, por más que alzaba los hombros preciosos, tan sólo cubiertos por una túnica del más blanco fulgor, no hallaba el motivo de su búsqueda, no hallaba la figura de su guerrero luchador. Un presentimiento, tan sólo lo piensa y rechaza con gran espanto tan innoble pensamiento. Más ¡ay!, tan pronto lo sabe, tan pronto se entera de la muerte de su guerrero esforzado. Un agudo de profundo dolor siente que le traspasa el corazón. sale corriendo, pérdida la razón, hacia el balcón de sus citas ansiadas donde soñara con el amante y con el porvenir que el mañana presiente.

Llorando pasa todos los días y en tarde invierno, mientras el sol entre la tarde moría, se levanta del sitio de su pesar y en acción resuelta invoca a sus dioses, ofreciendo su vida, dando alma y vida ¡vida y alma entera!, y no pensando en nada más, se arroja decidida al profundo barranco del balcón aquel.

Murió aquella bella mujer, con la dulzura de una rosa deshojándose en la albura del manto de una virgen solitaria ¡su amor fue más hondo que el misterio!

Y en aquel arrojo de inusitado intento, donde buscara muerte tan sombría, llenóse a la mañana siguiente el barranco de una albura sin igual, que a la distancia bien parecía ¡un mar de inmensidades!. Poco a poco fue ascendiendo aquel blanco tan maravilloso y extendiese por la vasta región zacateca. Y entonces todos supieron que la doncella no sólo se presentaba en ese color alburo, sabían cuando estaba triste y lloraba, poniéndose sombría. Y si estaba alegre; cantaba y calentaba con el aliento cálido de su voz. Y cuando bajaba para tocarlos con la suavidad de su piel, se daban cuenta de su textura, de su forma, de su aroma, y que en todo momento respondía, reaccionaba, comentaba. Y era tan reveladora de su personalidad como su forma de trasladarse de un lugar a otro ¡inundándolo todo!

Ella era y es desde entonces hasta el final de los tiempos ¡la amada neblina que todos conocemos! y que todo lo abarca en ésta región de historia, leyenda y de pasión.

EL BUSCADOR DE LEYENDAS 1979


¡Época Colonial!

LEYENDA DE LA FUNDACION DE ZACATLAN

Por el año de 1524, llega por el rumbo de San Pedro Atmatla, barrio perteneciente a Zacatlán, precisamente por la cascada del mismo nombre, un grupo de españoles y frailes franciscanos con la intensión de tomar la población ahí asentada y fundar con ella una nueva población, cuyo nombre sería el mismo con el que era conocido en la región. Y en efecto, levantaron los cimientos del nuevo pueblo con nativos de los alrededores y de otros traídos de otras partes.

La existencia del lugar era tranquila y próspera, y cada vez iba en aumento. Los frailes mantuvieron constantemente en servicio el templo construido, como lo prueban algunas de sus pinturas que se pueden observar aún en los frisos del interior del mismo. este edificio tenía una torre que fue destinada para colocar una campana; hecha de magnífico metal sonoro. Dicho templo era de los primeros que se construían en suelo americano, la colocación de la misma se celebró con una grande fiesta que duró varios días.

Se vivieron vicisitudes a través de los años, pero todas estas fueron vencidas, el nuevo sitio iba en pos de construir su propia historia, se enfrentaba al destino con decisión.

Pero llegó un año funesto para la pequeña población, surgieron algunos acontecimientos que harían que aquel pueblo estuviera predestinado a desaparecer ¡apenas empezaba a caminar y tendría que morir!

Primero, dícese, que hubo un temblor de tierra, raro por éstas regiones, que aterrorizo a sus moradores, las débiles construcciones cayeron, la cascada que según no existía, se formó a consecuencia, formándose alrededor de ella muchas leyendas desde entonces.

El templo de San Pedro sufrió serios daños que lo hacían casi irreparable. Corriendo el tiempo, se azotó sobre los habitantes una epidemia de lepra que diezmó a sus pobladores. Muchos se fueron a lugares lejanos a radicar, sobre todo españoles, pero algunos otros se quedaron con los frailes para ayudar a la población en desgracia, pero el signo de la desventura parecía abatirse definitivamente sobre la región. Por la mañana de un 29 de junio de 15 y tantos, un fortísimo viento azotó al poblacho, una densa neblina la envolvió por completo, y luego la lluvia se abatió furiosamente por todo el lugar. La hermosa campana del pueblito en ciernes , movida por el poderoso oleaje del viento dejaba escuchar sus lamentos a grandes distancias, como presintiendo el fin de su corta vida.

Los habitantes estaban sobrecogidos y apelaban a sus viejos dioses, pensando tal vez, en el olvido en el que los mantenían o por adorar a otro dios extraños traídos por los teules. Mientras tanto, los franciscanos rogaban a Dios que la furia de los elementos amainara, y en eso estaban, cuando escucharon un estruendoso ruido que cimbró todo el lugar. Los frailes no osaban salir, a pesar de que había sido en el templo donde se escuchara aquel ruido infernal.

Al fin, uno de ellos investiga el extraño fenómeno, llevándose la sorpresa de su vida, pues la torres, que se alzara orgullosa como símbolo de la nueva fe en la región, habiáse derrumbado, y la campana, que dejaba escuchar hermosos sonidos de belleza incomparable, también se encontraba derrumbada, como herida de muerte, agonizando, ladeada, movida por el viento, acrecentando su dolor, en ese momento de supremo éxtasis, de pronto, la campana se hundió en el suelo, y según cuentan algunos de los que saben, que fue arrastrada por un río subterráneo, y que sus sonidos aún se escuchan, como débiles lamentos, que parecen como perderse en la distancia.

Restablecida entonces la calma, los frailes, con la ayuda prestísima de los nativos, trataron de recuperar la valiosa campana, pero sus esfuerzos resultaron inútiles, ya nunca más se pudo recuperar, a pesar de todos los intentos.

Y al verse imposibilitados de restablecer de nuevo la población ya caída en desgracia, los frailes decidieron trasladarse a otros sitios que les diera mejores posibilidades de sobrevivir ante los elementos entonces constantes y furiosos que abatían a la pequeña meseta.

En cierta mañana, se celebraba una misa de acción de gracias y al término de ésta, los franciscanos tomaron una paloma del más blanco fulgor y realizando la señal de la cruz sobre ella, la lanzaron al vació del espacio, donde pronto voló hacia el norte, los naturales la siguieron prestos para ver en que lugar se iría a posar, y dos kilómetros más adelante fue a parar sobre un frondoso árbol que lleno de vida y esplendor se alzaba orgulloso de entre los demás que le rodeaban. Esta era la señal, donde se detuviera la paloma, ahí se levantaría el nuevo poblado.

Este es el origen, cuenta la leyenda, de la iglesia de san Francisco, que da origen al nuevo Zacatlán, al Zacatlán de las manzanas que todos conocemos.

Así, la gente que vive en las laderas donde se encuentra la cascada de San Pedro, cuentan que cada 29 de junio, aún se escuchan los débiles lamentos de aquella campana primigenia que se pierden en la distancia, son 12 campanadas de incomparable belleza, que partiendo de algún sitio, aún recuerdan que ahí estuvo un pueblo antiguo llamado también Zacatlán; el primer padre y la primera madre, pero que un día muriera por los dardos certeros de los celosos dioses de la natural región.

Leyenda popular


LA IMAGEN DE SAN PEDRO

Cuando aquella mañana de un día de tantos de los siglos perdidos de los tiempos coloniales, los frailes franciscanos provenientes de Tlaxcala y que vivían anexo a las ahora ruinas del templo conocido como de "Los Paredones" en el barrio de San Pedro Atmatla, que dista a dos kilómetros de la ciudad de Zacatlán, sucedió un hecho inexplicable que llamó poderosamente la atención de aquellos santos y devotos varones, ya que al acudir al templo como todas las mañanas, notaron que la efigie de San Pedro había desaparecido del lugar donde habitualmente se encontraba.

Creyendo que algún indígena aún no converso de aquellos que seguían adorando a sus viejos dioses, se había llevado la escultura para esconderla por alguna parte, los reunieron a todos para que dijeran sobre el paradero de dicho ídolo cristiano, pero nadie supo decir nada, los frailes a pesar de ser santos, se enojaban con facilidad, y castigaron a algunos de los naturales como escarmiento y para que entregaran la famosa imagen santa que tanto les era devota a los frailes. Y aún más, los expusieron semidesnudos en el patio principal del templo donde les infringieron terribles latigazos que laceraban los cuerpos indemnes de aquellos infelices, abriendo lastimosamente la carne de sus espaldas de donde brotaba la sangre que escurría por sus piernas hasta el piso donde formaba un charco. Pero a pesar de este cruel e innecesario castigo a que fueron sometidos, seguían negando su responsabilidad sobre la desaparición de la dichosa imagen. Fueron puestos en libertad, pero poco después, los llevaron a una celda que se encontraba bajo los cimientos de aquel templo, que fuera testigo de la injusticia obrada por los que se decían representantes de Dios en la tierra.

Más tarde, en el transcurso de la mañana, un indígena llegó corriendo hasta donde se encontraban los frailes, que fatigado y sudoroso, les traía una rara noticia.

Aquel, según contaban había salido del poblado muy de mañana para cazar alguna pieza que llevaría después a su hogar para que fuera cocinada y que toda su familia degustaría, dando gracias al señor por tan fortuito platillo. para su cometido, se había encaminado hacia el norte, fundiéndose entre el ramaje de los árboles y el espeso follaje y cuando al divisar un hermoso venado al que se acercó cautelosamente pero al otearlo este, emprendió veloz huida por entre el yerbazal que llenaba aquella zona, alejándose de su acechador, pero el indígena no quería dejar escapar a su suculenta caza, por lo que corrió tras él, con el arco y la flecha listos para dar en el blanco. Durante un rato persiguió implacable al animal, y fue por un recodo que estuvo a punto de darle alcance y cuando se disponía a flechar al venado, vio algo que lo dejó estático por la sorpresa ¡la imagen de San Pedro se encontraba ahí!, y él sabía que los blancos aun no habían incursionado por ahí y creyendo que se trataba de alguna señal para aquellos, volvió sobre sus pasos y emprendió veloz carrera hasta el lugar donde se encontraban los hombres de las túnicas largas para comunicarles de lo maravilloso de su descubrimiento.

Creyeron rápidamente en las palabras de aquel hombre y haciéndose acompañar por un grupo de indígenas hasta el lugar donde se encontraba la estatua de San Pedro, donde efectiva e inexplicablemente se hallaba en el lugar señalado por el cazador. Y sin más, ordenaron a sus acompañantes que cargaran con la imagen hasta el lugar de donde quien sabe como había sido sustraído.

Los habitantes del poblado, entre españoles e indios fueron testigos de la devolución de la imagen de San Pedro a su original sitio donde se celebró una misa para celebrar el acontecimiento.

Pero el caso de la estatua no paró ahí, aquella noche llovió tan fuerte sobre la pequeña población, como no se recordara antes, las campanas dejaban escapar, movidas por el incesante viento, fuertes repiques. Los habitantes permanecían en sus hogares elevando plegarias sus respectivos dioses y que no habían olvidado a pesar de la catequizaron que los frailes realizaban sobre aquellos sencillos hombres para que se convirtieran a la nueva fe que les habían traído de lejanas tierras, allende al mar, pero aun los viejos dioses no estaban olvidados, no olvidaban la grandeza de su pueblos, y a ellos encomendaban fervorosos la paz de los cielos tormentosos que les rodeaban con sus negras y espantosas manifestaciones.

Los frailes se llevaron otra sorpresa mayúscula cuando notaron que al día siguiente la imagen de san Pedro había desaparecido nuevamente de su lugar de adoratorio. No sabiendo a quien atribuir ahora el suceso, y adivinando el paradero, mandaron a los indígenas hasta el lugar donde posiblemente se encontraría.

Como lo habían supuesto, estaba ahí, donde los indígenas al poco, traían a grupas al santo, colocándola nuevamente en su lugar original. Para que no los fueran a coger con la sorpresa de que la escultura ya no se encontraría a la mañana siguiente, dejaron una guardia para que vigilara por si alguien intentaba sacar la imagen a hurtadillas. Pero los encargados de la vigilancia fueron invadidos por un sopor que los hizo caer profundamente dormidos y en sueños creyeron escuchar lo siguiente:

"Edificareis mi templo en el lugar que os he señalado y que vosotros no queréis hacer caso de mi señal donde os indico el sitio, porque es donde habrá de erigirse mi nuevo templo, que será fuerte y símbolo de la nueva raza que se ha formado hasta el final de los siglos. Deberéis hacerlo, porque es mi deseo, y si no lo cumpliereis, grandes males caerán sobre vosotros para que mi deseo se cumpla".

Los vigilantes despertaron sobresaltados, y dejando su puesto, llegaron hasta donde reposaban los frailes y los despertaron a grandes voces y les comunicaron lo que en sueños habían visto y escuchado.

Pero sus palabras no fueron tomados con seriedad, y cuando la bruma terminó de despejar sus volutas grises, dejando traslucir lo que sería una hermosa mañana, fueron llegando personas al templo para que los buenos frailes curasen a sus familiares que habían caído repentinamente enfermos de matlazahuatl o lepra.

Pero aquellos hombres, tan mortales como los naturales, eran incapaces de realizar milagros sobre aquellas pobres gentes, que al no poder aliviar sus males, acudieron presurosos a sus curanderos, pero estos también se encontraron impotentes para hacer algo contra aquella extraña enfermedad. Y los agoreros tomaron el suceso como una señal que se debía seguir, y como ya conocen el sueño de los vigilantes de la imagen de san Pedro que tuvieran durante la noche, y en el cual los franciscanos no les hubieran hecho ningún caso, y extrañamente, ante todos estos graves acontecimientos que afligía al pueblo indígena y de algunos españoles supersticiosos, en el templo permanecía impasible, duro, frío, inamovible en su lugar de todos los días, la escultura que representara a san Pedro.

Pero no sólo este hecho azotó a la región, pues las fuertes lluvias de los días anteriores que se habían cernido sobre la población hicieron reblandecer la estructura de la torre, resquebrajándose las paredes de la misma que terminó por desmoronarse, cayendo estrepitosamente, y junto con ella la campana, que era el orgullo de aquellos pobladores, por el bello timbre que le arrancaba el campanero, siendo sus sonidos escuchados a gran distancia, fue arrastrada por un río subterráneo hasta las aguas entonces turbulentas del río San Pedro, dejándose escuchar un repique angustioso, triste, lóbrego, que producía al chocar con las rocas de su fondo, al ser jalada violentamente por las entonces furiosas aguas del río.

Y según, cuenta la leyenda popular, los frailes convencidos de lo que en sueños les fue comunicado, hicieron al fin caso de este y tomando los sucesos como algo que debía cumplirse, el día 29 de junio de 15 y tantos trasladaron la imagen hasta donde el cazador la había encontrado, y que es precisamente donde se levanta en la actualidad lo que conocemos como iglesia y convento de San Francisco.

Y se cuenta, que precisamente, el día antes señalado, o sea, cada 29 de junio, se escucha allá por la milenaria cascada de San Pedro, doce hermosas campanadas a las seis de la mañana, a las tres y seis de la tarde.

Y tal es el recuerdo que queda de aquellos que no sabiendo interpretar las señales de origen divino, provocaron con su escepticismo los mismos religiosos que traían una nueva fe para redimir a los "idólatras" de éstas tierras, la desaparición del templo como función en vigor y principalmente de una de las más bellas campanas por el timbre y la armonía de los sonidos que le eran arrancados cada mañana, y el lugar donde antes estuvo majestuosa y altiva, sólo quedan ruinas de lo que hoy conocemos como "Los Paredones".